La petite mort me encuentra cuando bajo la guardia.
Cuando dejo de sostener el mundo y me permito descansar en otro cuerpo. No hay urgencia. Hay cercanía. Hay una calma previa que ya es promesa.
Todo se vuelve más lento y más verdadero. La piel escucha antes que la mente. La respiración se acomoda a otro ritmo. Empiezo a soltarme sin darme cuenta, como si mi cuerpo supiera exactamente cuándo dejar de resistir.
En ese punto dejamos de ser dos.
No porque uno se imponga sobre el otro, sino porque las fronteras se disuelven. Mi pulso y el suyo encuentran un mismo compás. Ya no distingo dónde termino yo y dónde empieza el otro. Somos un solo latido, una sola presencia sostenida en el calor compartido.
Ahí ocurre.
No como explosión, sino como rendición.
La pequeña muerte es suave: una caída lenta en la que el yo se apaga sin miedo. No pienso, no sostengo, no controlo. Solo siento. Solo existimos, fundidos en un instante sin tiempo.
Cuando regreso, lo hago despacio. Con el cuerpo tibio, con el silencio lleno, con esa ternura profunda que queda después de haber sido uno. La petite mort no me vacía. Me devuelve más consciente, más viva, más cerca… porque no la crucé sola.

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