A muchas latinas nos enseñaron que ser madre es renunciar. Que el amor por los hijos exige sacrificarse por completo, dejar los propios sueños para después —ese “después” que casi nunca llega. Crecimos viendo a nuestras madres y abuelas agotadas, admiradas por su entrega, pero invisibilizadas en su deseo. Nos enseñaron a cuidar, no a cuidarnos. Durante años viví en función de mi hija. Todo giraba en torno a ella, y creí que eso era lo correcto. Pero ahora, con dieciséis años, vive con su padre, y por primera vez tengo espacio para mirarme. No desde la culpa, sino desde la conciencia de todo lo que postergué. Redescubro lo que me gusta, lo que quiero, lo que aún puedo construir. Y duele reconocer que solo me permití hacerlo cuando ya no me necesitaba tanto. No debería ser así. No deberíamos tener que elegir entre ser madre o ser mujer . Podemos amar profundamente y, al mismo tiempo, no renunciar a nosotras mismas. Porque criar también debería incluir el ejemplo de no abandonars...

Comentarios
Publicar un comentario