Febrero ha sido el mes más agotador que he vivido en mucho tiempo. Me siento drenada, agobiada, al borde de mi propia paciencia. Soportar un dolor físico intenso por un mes entero no es solo una prueba de resistencia, es un castigo constante que va minando la mente y el alma. Y la sobrecarga de medicamentos para sobrellevarlo no ha hecho más que empañar mi estabilidad emocional, dejándome en un estado de letargo y fragilidad que me resulta difícil reconocer en mí.
Me siento al límite de mi cordura. No sé cómo aún no
he caído en una depresión, o si de alguna forma ya estoy en ella y simplemente
me niego a aceptarlo. Es como estar en un limbo donde nada se siente real,
donde las cosas que antes importaban ahora son solo ruido de fondo. Y si a esto
le sumo que mi relación se ha visto afectada, que llevo un mes sin trabajar
(aunque ese trabajo ya no me convenga), que cada pequeño inconveniente se
siente como la gota que colma el vaso, entonces la tormenta interna se hace
cada vez más difícil de controlar.
Pero al menos hay un rayo de luz en el horizonte: la
cirugía está cerca, quizá sea la próxima semana. Eso debería darme algo de
alivio, aunque ahora mismo ni siquiera el pensamiento de un posible final para
este dolor logra animarme del todo. Y lo que más me sorprende es darme cuenta
de que ni siquiera mi cumpleaños me emociona este año. Cinco días. Y no siento
nada.
Espero que este vacío no se convierta en una
constante. Espero que al menos, después de todo esto, pueda recuperar algo de
lo que soy y de lo que siento. Porque vivir en esta neblina no es vida.

Comentarios
Publicar un comentario