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Las lágrimas se me secaron y no es una tragedia

 


Hoy fui a terapia y salí distinta. No mejor, no peor. Distinta.
Mi psicóloga —que lleva cuatro años viendo mis luces y mis derrumbes— me dijo algo que me atravesó como un suspiro hondo:
Tienes derecho a sentirte mal. Y no por eso eres una víctima, ni una mala persona. Solo eres humana. Y eso ya es bastante.

Después de tanto, de lo que he contado y de lo que me he guardado, sigo aquí.
Viva. Funcional a ratos. Cansada muchas veces. Pero viva.
Y esa palabra —viva— me costó. Así que nadie me la quita.

Hoy me dicen que estoy dentro del cuadro depresivo.
Que debo ir al psiquiatra. Que debo dormir. Que debo dejarme cuidar un poco, aunque sea por mí.
Y, por primera vez, no me resistí. No lo negué. No dije “estoy bien” con la voz temblando.
Solo asentí. Tal vez porque ya entendí que querer estar bien no es lo mismo que estarlo.

También me dijeron que tomé una buena decisión al dejar esa relación.
Que, si las lágrimas se me secaron en un solo día, no fue frialdad, fue evolución.
Ya no estoy para dramatismos de novela adolescente. Estoy para vínculos reales, que sumen, que acompañen, que no duelan tanto.

Y por último… me recordaron que volver a orar puede ser medicina.
No como una obligación, sino como un refugio.
Yo me alejé un tiempo, por decepción, por rabia, por cansancio.
Pero hoy siento que tal vez sea momento de volver. A mi forma, a mi ritmo, a mi Dios.

No sé quién necesita leer esto.
Tal vez solo yo. Tal vez tú también.
Pero si estás en ese punto donde ya no sabes si avanzar o parar, recuerda:
Estar en pausa no es lo mismo que estar perdida.
Y a veces, lo más valiente es elegirte sin ruido, sin lágrimas, sin permiso.

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