Hoy regresé a consulta con mi psiquiatra después de más de un año. No sabía bien por dónde empezar, así que simplemente hablé. Le conté de las noches en vela, del cansancio emocional, de todas las cosas que he atravesado en el último año. Me escuchó con atención. Y cuando terminó, me lo dijo claro: “No es depresión lo que tienes. Es tristeza. Y no te hace bien abrazarla.”
Tuve que respirar profundo. Esa frase, aunque corta, me tocó en lo más hondo.
Me recetó Alplax y Quetiapina para ayudarme a dormir mejor durante las próximas dos semanas. Pero más allá de eso, lo importante fue la conversación. Le conté de la relación en la que creí encontrar estabilidad, pero que terminó robándome la paz. Esta vez, lo supe ver a tiempo y me alejé. Lloré un poco. No suelo permitírmelo, pero esta vez lo hice.
Me recordó que no tengo que tener todo resuelto a una edad específica. Que no debo exigirme cumplir metas impuestas. Que soy una sobreviviente. Y eso ya es un logro, aunque no lo celebremos como tal.
Sobre Amalia, mi hija, me dio un consejo que me guardo en el pecho: “Blinda tu corazón. No te tomes como ataque sus palabras hirientes. Es una etapa. Tiene solo 16 años.” Me dolió, pero me alivió. Porque a veces duele mucho amar sin recibir ternura de vuelta, aunque sepamos que no es personal.
Hoy entendí que la tristeza también necesita ser escuchada. Que descansar no es rendirse. Que reencontrarme conmigo tomará tiempo, y eso está bien. Que salir de espacios que me enferman no es egoísmo, es amor propio.
Y eso, hoy, es más que suficiente.

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