Hay días en los que no tengo ganas de agradecer nada. No porque no haya cosas. Las hay. Lo sé. Pero no las siento. Y escribirlas igual se ha vuelto parte de la rutina que intento mantener para no derrumbarme por completo. A veces funciona como ancla. Otras veces solo es una lista sin alma. Pero sigo haciéndolo. Porque, aunque no me salve, al menos me estructura. Escribo: “Gracias por el café.” “Gracias porque me levanté.” “Gracias por ese amigo que me respondió el mensaje.” Y mientras lo escribo, una parte de mí grita que eso no es suficiente. Otra parte —más silenciosa— susurra que eso es todo lo que tengo ahora mismo. Y me aferro a esa voz bajita. Extraño trabajar. Extraño sentir que sirvo para algo más que sobrevivir el día. Extraño usar mi mente, mover mis ideas, responder correos, proponer cambios, pelear por cosas que importaban. Extraño tener propósito más allá de arreglarme para que no se me note el bajón en la cara. No estoy hecha para esta pausa...