Hay dÃas en
los que no tengo ganas de agradecer nada.
No porque
no haya cosas. Las hay. Lo sé. Pero no las siento. Y escribirlas igual se ha
vuelto parte de la rutina que intento mantener para no derrumbarme por
completo. A veces funciona como ancla. Otras veces solo es una lista sin alma.
Pero sigo haciéndolo. Porque, aunque no me salve, al menos me estructura.
Escribo:
“Gracias por el café.”
“Gracias porque me levanté.”
“Gracias por ese amigo que me respondió el mensaje.”
Y mientras lo escribo, una parte de mà grita que eso no es suficiente.
Otra parte —más silenciosa— susurra que eso es todo lo que tengo ahora mismo.
Y me aferro
a esa voz bajita.
Extraño
trabajar.
Extraño
sentir que sirvo para algo más que sobrevivir el dÃa.
Extraño usar mi mente, mover mis ideas, responder correos, proponer cambios,
pelear por cosas que importaban.
Extraño tener propósito más allá de arreglarme para que no se me note el bajón
en la cara.
No estoy hecha para esta pausa. No estoy diseñada para el desempleo. Me oxido.
Me seco. Me pierdo.
Y lo peor
no es el tiempo libre.
Es la incertidumbre.
Esa que te susurra que quizás no llegará nada mejor, que quizás ya no te van a
elegir.
Que quizás todo esto —todo ese esfuerzo que hiciste por ser valiosa— fue
invisible para los que tenÃan el poder de decir “sÔ.
Pero sigo
escribiendo.
Sigo esperando.
Sigo agradeciendo… aunque a veces lo haga con rabia.
Aunque algunas noches escriba “gracias por no rendirme” y lo haga con los ojos
llenos de lágrimas y el pecho lleno de miedo.
No sé cómo,
pero no me he roto del todo.
Y eso, aunque nadie lo lea, merece ser escrito.

Comentarios
Publicar un comentario