Mayo no llegó suave. Llegó como esos días donde te pones la camisa al revés, el café se enfría, y la vida insiste en no darte tregua. En medio de entrevistas, rechazos, pocas palabras y silencios que pesan más que las palabras mismas, empecé a entender cosas. A tragarme otras. Y a soltar varias más.
Aprendí que no todo lo que se desea se consigue. Que a veces uno hace el esfuerzo, se prepara, entrega lo mejor, y aún así no. No hay recompensa. No hay respuesta. Solo un vacío que duele distinto. También entendí que el cuerpo no es un accesorio: es barómetro emocional. Mis médicos lo confirmaron. Dormir de más, evitar el movimiento, desganarse… no es descanso, es saturación.
También he tenido que mirar de frente la distancia emocional con alguien a quien amo. Ver menos. Hablar menos. Soñar menos. Y aunque el vínculo sigue ahí, el entusiasmo no. No por ahora. Eso también es una forma de duelo, aunque nadie lo diga así.
Y en medio de todo, llegaron llamadas laborales que no traían claridad, sino más confusión. ¿Cómo se agradece una oportunidad que ni siquiera te explican? ¿Hasta cuándo una se deja encajar en espacios donde ni siquiera hay nombre para el rol?
Hoy no tengo conclusiones. Pero tengo esta certeza: seguir haciendo cosas pequeñas que me salven del abismo. Ver pelis. Escribir. Dormir. Respirar. Volver.
Porque no siempre se puede con todo. Pero siempre se puede empezar con algo.

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