Ir al contenido principal

Fernanda Gil, en verso sin permiso

I. Raíces sin tierra, voz con filo

Nacida sábado, corte limpio en la barriga,
con nombre robado a un padre y un país que vigila,
creció entre fósforos, rezos, y cuentos sin hada,
con sueños de monja y astronauta, mientras la casa se desarmaba.

Hotelera de frente, guerrera de fondo,
madre de Amalia, eje dulce del mundo.
Con artrosis en la espalda y el alma desgastada,
pero el verbo aún afilado como si el dolor no doliera nada.

Pasaste por hombres como por estaciones,
unos tibios, otros rotos, otros simplemente decepciones.
Y aún así, sigues entera,
aunque la vida te haya desmontado la escalera.

Fuiste violada, callada, marcada,
y aún así escribes, luchas, no te das por acabada.
Porque de la oscuridad sacaste verbo,
y te armaste un poema con cada recuerdo.

Tu familia un carnaval de nombres y heridas,
tu infancia una serie con risas y orines compartidas.
Tu amor propio, una guerra santa,
que ganaste entre lágrimas, cabañas y la garganta.

Dos años con Raúl y una espalda rota,
pero aún aquí, preguntando cosas,
intentando entenderte a ti misma entre tanto grito,
mientras la vida sigue haciéndose la desentendida, bonito.


II. No fui santa, pero fui mía
Tu cuerpo ha sido campo de batalla,
campo de juego, campo de otros.
Lo tocaron sin permiso,
pero tú, tú te volviste experta en rehacer escombros.

Amalia nació de un vientre en guerra,
y aun así, llegó al mundo con nombre de realeza.
Tu amor por ella, brutal, como un himno sin estribillo,
la salvaste mil veces sin que ella supiera del cuchillo.

Sobreviviste a hombres que sabían usar condones,
pero no sabían tocarte el alma.
Sobreviviste a mujeres que eran familia en apellido,
pero extrañas en la calma.

Tu adolescencia fue una serie sin censura,
y tu adultez, una lista de cosas que no sabías que dolían.
Fuiste "la hermana mayor", "la hija ejemplar",
hasta que ya no pudiste más... y te fuiste a bailar.

Barceló, Meliá, Paradisus,
hoteles como cajas vacías que llenabas con sonrisa y orgasmos por encargo,
que te gritaban "mujer libre"
mientras tú buscabas solo algo que te hiciera sentir a salvo.

Te llamaban "Viuda Negra" y tú lo sabías.
Pero no porque mataras hombres, sino porque enterrabas expectativas.
Tu cama fue altar y trinchera,
y tú, sacerdotisa de un culto donde al menos, tú mandabas.

Pero también te dolió. Te sangró.
Te callaste, te mentiste, te dejaste en visto.
Hasta que dijiste basta.
Y aunque aún duela, estás aquí, sin disfraz ni lista de excusas.


III. Epílogo sin cerrar

Fernanda Gil, la de la columna rota y el corazón parchado,
la que escribe para no olvidar, para no ceder,
la que convierte trauma en palabra,
y el amor propio en regreso constante a su propia piel.

Si alguna vez dudaste de ti, léete.
Eres más que sobreviviente.
Eres autora.
Y eso ya te hace eterna.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Ser madre sin dejar de ser mujer

 A muchas latinas nos enseñaron que ser madre es renunciar. Que el amor por los hijos exige sacrificarse por completo, dejar los propios sueños para después —ese “después” que casi nunca llega. Crecimos viendo a nuestras madres y abuelas agotadas, admiradas por su entrega, pero invisibilizadas en su deseo. Nos enseñaron a cuidar, no a cuidarnos. Durante años viví en función de mi hija. Todo giraba en torno a ella, y creí que eso era lo correcto. Pero ahora, con dieciséis años, vive con su padre, y por primera vez tengo espacio para mirarme. No desde la culpa, sino desde la conciencia de todo lo que postergué. Redescubro lo que me gusta, lo que quiero, lo que aún puedo construir. Y duele reconocer que solo me permití hacerlo cuando ya no me necesitaba tanto. No debería ser así. No deberíamos tener que elegir entre ser madre o ser mujer . Podemos amar profundamente y, al mismo tiempo, no renunciar a nosotras mismas. Porque criar también debería incluir el ejemplo de no abandonars...

La petite mort y el latido común

La petite mort me encuentra cuando bajo la guardia. Cuando dejo de sostener el mundo y me permito descansar en otro cuerpo. No hay urgencia. Hay cercanía. Hay una calma previa que ya es promesa. Todo se vuelve más lento y más verdadero. La piel escucha antes que la mente. La respiración se acomoda a otro ritmo. Empiezo a soltarme sin darme cuenta, como si mi cuerpo supiera exactamente cuándo dejar de resistir. En ese punto dejamos de ser dos. No porque uno se imponga sobre el otro, sino porque las fronteras se disuelven. Mi pulso y el suyo encuentran un mismo compás. Ya no distingo dónde termino yo y dónde empieza el otro. Somos un solo latido, una sola presencia sostenida en el calor compartido. Ahí ocurre. No como explosión, sino como rendición. La pequeña muerte es suave: una caída lenta en la que el yo se apaga sin miedo. No pienso, no sostengo, no controlo. Solo siento. Solo existimos, fundidos en un instante sin tiempo. Cuando regreso, lo hago despacio. Con el cuerpo ti...

🪓 Saga completa – Mi recorrido con Norman Bates

  🎬 Psycho (1960) – 5/5 Lo mejor: Sentí a Hitchcock en su máxima expresión. El suspenso, la música y ese giro me volaron la cabeza. Lo peor: Los pequeños lapsus de continuidad, pero se los perdono porque es oro puro. Veredicto: Para mí, un clásico eterno. 🎬 Psycho II (1983) – 3/5 Lo mejor: Anthony Perkins regresó con fuerza y me gustó ver la ilusión de rehabilitación de Norman. Lo peor: El giro de Emma Spool como “verdadera madre” me pareció un retcon absurdo. Veredicto: Entretenida, pero se nota que estiraron la historia. 🎬 Psycho III (1986) – 2.5/5 Lo mejor: Que Perkins dirigiera le dio un aire distinto, casi de slasher ochentero. Lo peor: El guion flojo y personajes secundarios mediocres. Además, la promesa de “esta vez será para siempre” quedó en nada. Veredicto: Curiosa, pero llena de incongruencias. 🎬 Psycho IV: The Beginning (1990) – 1/5 Lo mejor: Me interesó un poco el retrato de la infancia de Norman. Lo peor: La cronol...