I. Raíces sin tierra, voz con filo
Nacida sábado, corte limpio en la barriga,
con nombre robado a un padre y un país que vigila,
creció entre fósforos, rezos, y cuentos sin hada,
con sueños de monja y astronauta, mientras la casa se desarmaba.
Hotelera de
frente, guerrera de fondo,
madre de Amalia, eje dulce del mundo.
Con artrosis en la espalda y el alma desgastada,
pero el verbo aún afilado como si el dolor no doliera nada.
Pasaste por
hombres como por estaciones,
unos tibios, otros rotos, otros simplemente decepciones.
Y aún así, sigues entera,
aunque la vida te haya desmontado la escalera.
Fuiste
violada, callada, marcada,
y aún así escribes, luchas, no te das por acabada.
Porque de la oscuridad sacaste verbo,
y te armaste un poema con cada recuerdo.
Tu familia
un carnaval de nombres y heridas,
tu infancia una serie con risas y orines compartidas.
Tu amor propio, una guerra santa,
que ganaste entre lágrimas, cabañas y la garganta.
Dos años
con Raúl y una espalda rota,
pero aún aquí, preguntando cosas,
intentando entenderte a ti misma entre tanto grito,
mientras la vida sigue haciéndose la desentendida, bonito.
II. No
fui santa, pero fui mía
Tu cuerpo ha sido campo de batalla,
campo de juego, campo de otros.
Lo tocaron sin permiso,
pero tú, tú te volviste experta en rehacer escombros.
Amalia
nació de un vientre en guerra,
y aun así, llegó al mundo con nombre de realeza.
Tu amor por ella, brutal, como un himno sin estribillo,
la salvaste mil veces sin que ella supiera del cuchillo.
Sobreviviste
a hombres que sabían usar condones,
pero no sabían tocarte el alma.
Sobreviviste a mujeres que eran familia en apellido,
pero extrañas en la calma.
Tu
adolescencia fue una serie sin censura,
y tu adultez, una lista de cosas que no sabías que dolían.
Fuiste "la hermana mayor", "la hija ejemplar",
hasta que ya no pudiste más... y te fuiste a bailar.
Barceló,
Meliá, Paradisus,
hoteles como cajas vacías que llenabas con sonrisa y orgasmos por encargo,
que te gritaban "mujer libre"
mientras tú buscabas solo algo que te hiciera sentir a salvo.
Te llamaban
"Viuda Negra" y tú lo sabías.
Pero no porque mataras hombres, sino porque enterrabas expectativas.
Tu cama fue altar y trinchera,
y tú, sacerdotisa de un culto donde al menos, tú mandabas.
Pero
también te dolió. Te sangró.
Te callaste, te mentiste, te dejaste en visto.
Hasta que dijiste basta.
Y aunque aún duela, estás aquí, sin disfraz ni lista de excusas.
III.
Epílogo sin cerrar
Fernanda
Gil, la de la columna rota y el corazón parchado,
la que escribe para no olvidar, para no ceder,
la que convierte trauma en palabra,
y el amor propio en regreso constante a su propia piel.
Si alguna
vez dudaste de ti, léete.
Eres más que sobreviviente.
Eres autora.
Y eso ya te hace eterna.

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