Olvida por un momento el ruido externo y recuerda esto: importo. He librado batallas silenciosas que nadie vio, he sanado heridas que intentaron romperme y aun así sigo apareciendo con amor en el corazón. Sonrío, porque todavía hay lugares a los que no he ido, personas que no he conocido y momentos que me dejarán sin aliento.
Ser yo misma es, en esencia, una bendición. Incluso en los días en que me siento perdida o sin propósito, sigo aquí. Y eso basta. El mundo es más suave, más amable y un poco más luminoso porque existo. Quizá ese sea mi propósito: recordarle a otros —y a mí misma— que la bondad sigue viva, incluso después de la tormenta.
Hoy vuelvo a escribir en mi blog después de mucho tiempo. No porque tenga una gran historia que contar, sino porque reconocí algo simple: volver a mí también empieza por recuperar los espacios donde una vez me sentí en casa.
He estado cargando silencios que pesan. Procesando cambios, despidiéndome de ciclos, intentando entenderme en medio del ruido. A veces avanzo; otras, retrocedo. Pero sigo. Eso es lo que cuenta. En medio de todo, hay una verdad que me toca el pecho: sigo siendo capaz de amar, de sentir, de reconstruirme, de abrir espacio para lo que viene, aun cuando no tengo todas las respuestas.
Y sé que todavía hay instantes esperándome: risas que no conozco, caminos que no he explorado, personas que llegarán a mi vida sin previo aviso, momentos que me sorprenderán cuando menos lo espere. Por eso sonrío. Porque la vida, incluso en su caos, guarda belleza.
Hoy escribo para recordármelo. Para detenerme y respirar. Para agradecer que sigo aquí, completa en mi imperfección, de pie a pesar de todo. El mundo aún tiene luz para mí. Y yo aún tengo luz para el mundo.
Quizá ese sea el punto: seguir siendo prueba de que, incluso después de la tormenta, la bondad —y yo— seguimos sobreviviendo.

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