2025 fue una frontera.
Un año que no pidió permiso y, aun así, nos obligó a mirar de frente.
Hubo aprendizajes que dolieron y verdades que ya no pudieron esconderse.
Quien sobrevivió al ruido entendió que el silencio también construye.
Fue el año de los replanteamientos.
Lo esencial dejó de ser discurso y se volvió práctica.
Las máscaras cayeron, los afectos se depuraron, las prioridades se ordenaron.
Se rompieron inercias, se deshicieron pactos con lo que ya no sumaba.
El tiempo demostró su autoridad.
Recordó que posponer es una forma elegante de renunciar.
Mostró que avanzar no siempre es correr, que a veces es sostener, resistir, esperar.
Que el crecimiento verdadero sucede cuando nadie aplaude.
2025 obligó a elegir.
Entre autopreservación y complacencia.
Entre ruido y claridad.
Entre seguir iguales o atrevernos a cambiar de piel.
También hubo destellos. ✨
Puentes construidos con conversaciones incómodas.
Metas que nacieron pequeñas y crecieron en silencio.
Rutas nuevas que se abrieron en medio de lo incierto.
Fue un año que dejó marcas.
No todas visibles, no todas agradables, pero todas útiles.
Recordó que la vida no negocia con la verdad: tarde o temprano la impone.
Y que la paz —cuando llega— es resultado de decisiones concretas, no de milagros.
2025 cerró con un mensaje claro:
lo que no se sostiene con propósito, se derrumba.
Lo que no se cuida, se pierde.
Lo que no se enfrenta, gobierna en la sombra.
Que quede escrito: el año no fue amable, pero fue honesto.
Y esa honestidad, aunque brusca, nos dejó una ventaja:
entramos al siguiente capítulo con menos peso, más consciencia
y la certeza de que no volveremos a vivir en automático.

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