Hay días en los que el cuerpo entiende antes que la mente. Yo lo sentí así. La presión alta, el pecho apretado, el corazón acelerado, esa sensación horrible de que algo no estaba bien aunque todavía no tuviera una explicación concreta. Después llegó la noticia y, de alguna forma, todo hizo sentido. Fui desvinculada. Y aunque una parte de mí sabía que podía pasar, otra parte no estaba preparada para el golpe seco de quedarse en el aire. Porque una cosa es imaginar un escenario y otra muy distinta es sentarse frente a la realidad con cuentas, compromisos, clases, cansancio acumulado y una posibilidad laboral importante que todavía no termina de concretarse. Una puerta parece estar abriéndose, pero aún no se abre del todo. Y esa es una de las sensaciones más difíciles de explicar: no poder llorar tranquila por lo que se cerró, pero tampoco poder celebrar lo que todavía no está firmado. Es vivir suspendida. Sin suelo firme hacia atrás. Sin suelo firme hacia adelante. La incertidumbre tiene...