Hay días en los que el cuerpo entiende antes que la mente.
Yo lo sentí así.
La presión alta, el pecho apretado, el corazón acelerado, esa sensación horrible de que algo no estaba bien aunque todavía no tuviera una explicación concreta. Después llegó la noticia y, de alguna forma, todo hizo sentido.
Fui desvinculada.
Y aunque una parte de mí sabía que podía pasar, otra parte no estaba preparada para el golpe seco de quedarse en el aire. Porque una cosa es imaginar un escenario y otra muy distinta es sentarse frente a la realidad con cuentas, compromisos, clases, cansancio acumulado y una posibilidad laboral importante que todavía no termina de concretarse.
Una puerta parece estar abriéndose, pero aún no se abre del todo. Y esa es una de las sensaciones más difíciles de explicar: no poder llorar tranquila por lo que se cerró, pero tampoco poder celebrar lo que todavía no está firmado.
Es vivir suspendida.
Sin suelo firme hacia atrás.
Sin suelo firme hacia adelante.
La incertidumbre tiene una forma muy particular de agotarte. No grita. No rompe nada. No hace escándalo. Solo se sienta contigo, te acompaña a clase, se mete contigo en la cama, revisa el correo contigo, mira el celular cada diez minutos y te recuerda que todavía no sabes.
No sabes cuándo te pagarán.
No sabes cuándo llegará la carta.
No sabes si debes moverte, esperar, insistir o respirar.
No sabes si estás exagerando o simplemente estás cansada de tener que ser fuerte todo el tiempo.
Y mientras tanto, la vida sigue exigiendo normalidad.
Hay que entrar a clases.
Hay que responder mensajes.
Hay que hacer diligencias.
Hay que organizar documentos.
Hay que parecer funcional.
Pero por dentro una está tratando de no desbaratarse.
Esta experiencia me está dejando algo claro: ninguna empresa debería ocupar tanto espacio dentro de la paz mental de una persona. El trabajo importa, claro que importa. El dinero importa. La estabilidad importa. Pero cuando tu cuerpo empieza a reaccionar antes de que te digan las cosas, también hay una verdad ahí.
Una verdad incómoda.
Tal vez yo ya lo sabía.
Tal vez mi cuerpo ya había leído el ambiente.
Tal vez solo estaba esperando que la realidad terminara de ponerse al día.
No escribo esto desde la derrota. Lo escribo desde ese punto raro en el que todavía duele, todavía asusta, pero una parte de mí sabe que esto también me está moviendo hacia otro lugar.
No sé exactamente cómo se verá lo que viene.
Solo sé que no quiero volver a confundirme: un empleo puede ser importante, pero no puede ser el centro de mi estabilidad emocional. Una oportunidad puede ilusionarme, pero no puede dejarme completamente en pausa. Y una salida, por más dura que sea, también puede ser la forma en que la vida te empuja cuando tú ya no sabías cómo moverte.
Hoy estoy en el medio.
Entre lo que terminó y lo que todavía no empieza.
Y quizás eso sea lo más difícil de todo: sostenerme sin tener todavía una respuesta definitiva.
Pero aquí estoy.
Sin certezas.
Con miedo.
Con cansancio.
Con esperanza.
Y con la extraña sensación de que, aunque ahora mismo no lo parezca, algo se está acomodando.

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