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Ser madre sin dejar de ser mujer

 A muchas latinas nos enseñaron que ser madre es renunciar. Que el amor por los hijos exige sacrificarse por completo, dejar los propios sueños para después —ese “después” que casi nunca llega. Crecimos viendo a nuestras madres y abuelas agotadas, admiradas por su entrega, pero invisibilizadas en su deseo. Nos enseñaron a cuidar, no a cuidarnos. Durante años viví en función de mi hija. Todo giraba en torno a ella, y creí que eso era lo correcto. Pero ahora, con dieciséis años, vive con su padre, y por primera vez tengo espacio para mirarme. No desde la culpa, sino desde la conciencia de todo lo que postergué. Redescubro lo que me gusta, lo que quiero, lo que aún puedo construir. Y duele reconocer que solo me permití hacerlo cuando ya no me necesitaba tanto. No debería ser así. No deberíamos tener que elegir entre ser madre o ser mujer . Podemos amar profundamente y, al mismo tiempo, no renunciar a nosotras mismas. Porque criar también debería incluir el ejemplo de no abandonars...

🪓 Saga completa – Mi recorrido con Norman Bates

  🎬 Psycho (1960) – 5/5 Lo mejor: Sentí a Hitchcock en su máxima expresión. El suspenso, la música y ese giro me volaron la cabeza. Lo peor: Los pequeños lapsus de continuidad, pero se los perdono porque es oro puro. Veredicto: Para mí, un clásico eterno. 🎬 Psycho II (1983) – 3/5 Lo mejor: Anthony Perkins regresó con fuerza y me gustó ver la ilusión de rehabilitación de Norman. Lo peor: El giro de Emma Spool como “verdadera madre” me pareció un retcon absurdo. Veredicto: Entretenida, pero se nota que estiraron la historia. 🎬 Psycho III (1986) – 2.5/5 Lo mejor: Que Perkins dirigiera le dio un aire distinto, casi de slasher ochentero. Lo peor: El guion flojo y personajes secundarios mediocres. Además, la promesa de “esta vez será para siempre” quedó en nada. Veredicto: Curiosa, pero llena de incongruencias. 🎬 Psycho IV: The Beginning (1990) – 1/5 Lo mejor: Me interesó un poco el retrato de la infancia de Norman. Lo peor: La cronol...

Fernanda Gil, en verso sin permiso

I. Raíces sin tierra, voz con filo Nacida sábado, corte limpio en la barriga, con nombre robado a un padre y un país que vigila, creció entre fósforos, rezos, y cuentos sin hada, con sueños de monja y astronauta, mientras la casa se desarmaba. Hotelera de frente, guerrera de fondo, madre de Amalia, eje dulce del mundo. Con artrosis en la espalda y el alma desgastada, pero el verbo aún afilado como si el dolor no doliera nada. Pasaste por hombres como por estaciones, unos tibios, otros rotos, otros simplemente decepciones. Y aún así, sigues entera, aunque la vida te haya desmontado la escalera. Fuiste violada, callada, marcada, y aún así escribes, luchas, no te das por acabada. Porque de la oscuridad sacaste verbo, y te armaste un poema con cada recuerdo. Tu familia un carnaval de nombres y heridas, tu infancia una serie con risas y orines compartidas. Tu amor propio, una guerra santa, que ganaste entre lágrimas, cabañas y la garganta. Dos años con Raúl y una e...

📌 Gratitud forzada, desempleo y otras formas de no rendirme

  Hay días en los que no tengo ganas de agradecer nada. No porque no haya cosas. Las hay. Lo sé. Pero no las siento. Y escribirlas igual se ha vuelto parte de la rutina que intento mantener para no derrumbarme por completo. A veces funciona como ancla. Otras veces solo es una lista sin alma. Pero sigo haciéndolo. Porque, aunque no me salve, al menos me estructura. Escribo: “Gracias por el café.” “Gracias porque me levanté.” “Gracias por ese amigo que me respondió el mensaje.” Y mientras lo escribo, una parte de mí grita que eso no es suficiente. Otra parte —más silenciosa— susurra que eso es todo lo que tengo ahora mismo. Y me aferro a esa voz bajita. Extraño trabajar. Extraño sentir que sirvo para algo más que sobrevivir el día. Extraño usar mi mente, mover mis ideas, responder correos, proponer cambios, pelear por cosas que importaban. Extraño tener propósito más allá de arreglarme para que no se me note el bajón en la cara. No estoy hecha para esta pausa...

Mayo, sin maquillaje

Mayo no llegó suave. Llegó como esos días donde te pones la camisa al revés, el café se enfría, y la vida insiste en no darte tregua. En medio de entrevistas, rechazos, pocas palabras y silencios que pesan más que las palabras mismas, empecé a entender cosas. A tragarme otras. Y a soltar varias más. Aprendí que no todo lo que se desea se consigue. Que a veces uno hace el esfuerzo, se prepara, entrega lo mejor, y aún así no. No hay recompensa. No hay respuesta. Solo un vacío que duele distinto. También entendí que el cuerpo no es un accesorio: es barómetro emocional. Mis médicos lo confirmaron. Dormir de más, evitar el movimiento, desganarse… no es descanso, es saturación. También he tenido que mirar de frente la distancia emocional con alguien a quien amo. Ver menos. Hablar menos. Soñar menos. Y aunque el vínculo sigue ahí, el entusiasmo no. No por ahora. Eso también es una forma de duelo, aunque nadie lo diga así. Y en medio de todo, llegaron llamadas laborales que no traían clarid...

Cinco meses, y aún de pie

Han pasado cinco meses del 2025, y aunque no ha sido el año perfecto, tampoco ha sido un año vacío. He llorado, sí. He sentido la frustración, el miedo, la incertidumbre económica, el rechazo… pero también he tenido momentos donde la vida, en silencio, me susurró que todo sigue en movimiento, incluso cuando parece estático. En estos cinco meses: Sobreviví a una cirugía delicada. Literalmente. A mi cuerpo lo abrieron y lo reconstruyeron, y aquí estoy, escribiendo. Aprendí a escucharme más allá del ruido. A saber cuándo parar, cuándo no forzar, cuándo dejar de fingir que puedo con todo. Di entrevistas importantes. Aunque no todas hayan sido exitosas, me preparé, me enfrenté al juicio de desconocidos y hablé de mi valor con voz firme. Me tomé el trabajo de actualizar mi perfil, de contar mi historia profesional con honestidad. Pocas cosas pesan más que contar tu historia cuando estás en medio de ella. Amé con todo y dudas. Aposté por una relación incluso cuando la lógica d...

Mirar con ojos nuevos lo que puede sanar

No estoy intentando olvidar lo que dolió. No tengo esa clase de memoria selectiva ni quiero tenerla. Lo que viví me marcó, me rompió en partes, y también me obligó a conocerme desde otro lugar. Pero tampoco quiero quedarme a vivir en ese dolor como si fuera mi única identidad. Hoy elijo mirar con ojos nuevos lo que aún puede sanar. No porque todo esté resuelto ni porque haya borrado el pasado, sino porque reconozco que si algo merece una segunda oportunidad, no es la historia, sino la forma de escribirla. Estoy viendo a Raúl con más claridad. No como el salvador que me falló, sino como el hombre que, como yo, carga sus propios errores y está intentando entender que amar no es pedirle al otro que se convierta en una versión cómoda. Es crecer, incluso si cuesta. Incluso si duele. Pero juntos.